Novelas actuales

Mubarak, más allá de lo humano

Hoy os voy a hacer una recomendación muy especial. Se trata de una novela escrita con un estilo muy original y divertido, pero al mismo tiempo la escritora ha introducido una temática histórica en la trama lo que convierte a “Mubarak, más allá de lo humano” no solamente en una novela para divertirse sino también para aprender sobre historia, explicando la verdad de diez dictadores de diferentes países.
Alma Philipp, la autora de “Mubarak, más allá de lo humano” ha conseguido escribir una novela atrayente de la primera a la última línea y yo os dejo el principio de la novela con la esperanza que os decidáis a leerla entera. No os arrepentiréis.
 

En busca de un amigo

El sábado 5 de agosto Eduardo Sanjuán se despierta por sí mismo a las 8:00 de la mañana. Incidente sumamente extraño si pensamos que todos los fines de semana Eduardo suele dormir a pierna suelta y sin almohadas hasta el mediodía; minutos más, minutos menos. Por otra parte, igual sucedió el fin de semana pasado y el antepasado.
En la cama y despierto del todo pensó que se estaba poniendo viejo, pues bien conocido es que los ancianos se despiertan con los pájaros y se acuestan con las gallinas. No en el mismo árbol ni en el mismo gallinero, sino a las mismas horas. Y tampoco se despertó porque a esa edad su espíritu fuera camino a convertirse en ave, sino porque al parecer se le había trastocado el mecanismo del tiempo.
Eduardo estaba viviendo algo similar a un tiempo sin tiempo por causa de su ex mujer. En otras palabras vivía un remanso después de pertinaz divorcio que no sabía temporal o permanente. Una de las causales fue que su ex mujer no soportaba desayunar sola los fines de semana y mucho menos hacer la cama con un hombre durmiendo encima, a pierna suelta y sin almohadas. “Mira tú, Eduardo, en qué momento vino a suceder que abrieras los ojos voluntariamente. Si esto te hubiese pasado antes, no te divorcias” se dijo a sí mismo.
Reincidente tres veces: De Alicia, la primera esposa, estuvo enamorado con ímpetu de caballo con el resultado de dos hermosos potros. Luego del divorcio fue padre de domingos después de las 12 hasta el día en que la ex le dijo que se casaba nuevamente y que ahí le mandaría los niños cada verano consecutivo, porque se iban fuera de la ciudad, que cumpliera con lo que se esperaba de un buen padre.
La segunda vez se enamoró de la novia más que de la esposa. Aquel enamoramiento fue de insomnio y dientes amarillos por el café y el tabaco. Ella estaba casada. No felizmente, pero casada. La amó muchísimo cuando no la tenía. La veía en un sueño recurrente por la orilla de la playa; montaba un caballo blanco y vestía velos transparentes; sus cabellos flotantes de Godiva le cubrían los senos redondos y firmes. Es probable que algún psicoanalista tradujese que el sueño se debía a que Brenda, —que así se llamaba—, solamente era suya en los pensamientos. Sufrían ambos de un raro romanticismo sudado. Un día cualquiera ella se le presentó en su casa y le dijo que ya, que la llamaran adultera y la dejaran económicamente en la calle, pero igual venía a vivir con él. En esa noche por primera vez desde que la conocía, los sueños recurrentes se esfumaron sin dejar siquiera las huellas del caballo sobre la arena húmeda. El amor duró lo que tenía que durar. Brenda se aburrió al mismo tiempo que Eduardo, quien acepto el divorcio a regañadientes, y no porque no deseara sentirse libre del yugo, sino porque era conservador y dos divorcios al hilo, a la edad de 31 años, demostraban anarquía social. Eduardo estaba furioso; discutieron, hizo sus maletas y como remache al baúl, dijo “Gracias por las migajas; no imaginas las veces que te imagine entregarte completa, no eres más que una avara”. A lo que ella respondió: “Qué otra cosa podía yo hacer. Puedes encender leña pero no sirves para asar la carne blanca”. La odió con toda su alma y ocho meses después se casó con Laura. Nunca supo si porque ella tenía mucho dinero o porque estaba embarazada. El niño nació prematuro y murió a las pocas horas. Ella regresó a sus viajes y a sus fiestas.
Con esta nueva separación se sintió peor; un asqueroso anarquista coleccionador de tres divorcios al vapor. Para sentirse mejor compró una casa con árboles en la parte trasera, un terreno bastante grande, tomando en cuenta el costo por metro cuadrado.
En la cama mirando al techo y en vista de la hora, se preguntaba a sí mismo qué hacer con el tiempo que le sobraba, cuando escuchó una voz que dijo:
—Adopta un perro.
Eduardo levantó la cabeza en un movimiento súbito, propio de caballos. Miró a todos lados y dijo:
—Lo único que me falta es volverme esquizofrénico.
Cambió sábanas y fundas, se encaminó al baño e igual mudó las toallas. Luego aún en pijamas, en el cuarto de lavandería separó la ropa de algodón y la lavadora empezó la primera tanda sabatina. Más tarde mientras se tomaba un café, escuchó los mensajes telefónicos. La grabación contenía solo uno, de Mónica, la esposa de Ricardo. Usando un tono entre imperativo y amable decía:
—Eduardo, hola, buenos días, recuerda que hoy es cumpleaños de Ricardo. Ven, estoy preparando algo delicioso.
Retornó la llamada para preguntar si era comida o cena, y si sería bueno llevarle algo parecido a una corbata o bien algo parecido a una botella de licor. Esperaba que Mónica levantara la bocina.
Pero fue Ricardo quien lo hizo.
Sin saber cómo, se encontró preguntándole por alguna tienda de mascotas.
—Busco un pastor. — dijo.
O porque las líneas telefónicas medio funcionaban o porque medio funcionaba su cerebro, Ricardo no escuchó lo de la tienda de mascotas. Preguntó que para qué buscaba un pastor y sin dar tiempo a responder, agregó si pastor evangelista, católico o qué clase de pastor.
—Alemán –dijo Eduardo, sin aclarar.
—¿Alemán? ¿Tiene que ser alemán? ¿No te sirve uno del país?
—Bueno, podría ser labrador.
—No te entiendo, apenas te escucho.
—Que quiero adoptar un pastor alemán. Que si sabes de alguna tienda de mascotas. — dijo casi gritando.
—Yo no sé pero mi mujer sí.
Luego lo escuchó preguntándole a Mónica la dirección de una tienda de mascotas, que Eduardo quiere adoptar un perro. La respuesta de ella fue un discurso de toma de conciencia sobre la bondad de los animales, las plantas y el planeta contra la maldad de los humanos. Mónica hablaba y Ricardo traducía de español a español:
—Dile que piense primero antes de adoptar, un perro tiene sentimientos, no se trata de atarlo a un árbol y dejarlo solo muerto de hambre y sed con pulgas y garrapatas por todo el cuerpo. Un perro necesita cuidados, sentirse querido. Es nuestra conciencia global la que nos exige un mayor respeto a la naturaleza.
—Dice que pienses primero antes de adoptar, que un perro tiene sentimientos, que no se trata de atarlo a un árbol y dejarlo solo muerto de hambre y sed con pulgas y garrapatas por todo el cuerpo. Un perro necesita cuidados, sentirse querido. Que es nuestra conciencia global la que nos exige un mayor respeto a la naturaleza.
—Pregúntale si existe una tienda de mascotas en Plaza Lucero.
Y Ricardo traducía ida y vuelta: —Pregunta Eduardo si existe alguna tienda de mascotas en Plaza Lucero.
—Dile que hay dos tiendas, que en su mayoría venden cachorros ¿Qué raza de perro quiere?
—Dice que hay dos tiendas, que en su mayoría venden cachorros, que si qué raza de perro quieres.
Luego Mónica siguió con la segunda parte de su discurso ecológico: —Dile que mejor vaya a la Sociedad Protectora de Animales. Así ayudamos a esos pobres animalitos sin dueño. La gente es loca, gasta mucho dinero para hacer daño pues los compran y no los conservan.
—Dice que mejor vayas a la Sociedad Protectora de Animales, así ayudas a esos pobres a…
—¡Yaaa! No me traduzcas, que la he oído. Pregúntale el domicilio de esa sociedad.
—Que quiere el domicilio.
—Que en seguida del Banco Rural, frente a la plaza de la Constitución.
—Dice que en seguida del Banco Rural, frente a la plaza de la Constitución.
En la primera de las tiendas, solo tenían un perrito cruzado, lhasa o maltes, no sabía a ciencia cierta; de tres meses. Lo acarició sin necesidad de fingir ternura porque el perrito tenía como meta derretir a cuanta persona se acercase llevando en mente adoptarlo. Lo malo fue que sus manos se quedaron llenas de pelos grises y blancos.
En la segunda tienda, muy cerca de ahí, vendían un dálmata y tres chihuahueños. El primero crecía demasiado y comía igual, además el precio equivaldría a un pago de hipoteca. No estaba para semejante gasto. Los segundos eran tan pequeños que tenía miedo pisarlos alguno de esos sábados en la madrugada cuando llegaba a casa medio ebrio o ebrio completo. El dueño de la tienda le ofreció entonces un gato, un loro o bien una serpiente inofensiva y de piel fría que quería vender a mitad de precio.
Estacionado frente al lugar donde se asentaba la Sociedad Protectora de Animales, se preguntó cómo si pasaba por aquí todos los días rumbo a su trabajo, no se había dado cuenta del edificio. Era una casa grande y con un patio enorme amurallado de ladrillos, desde donde se podían escuchar ladridos en todos los tonos posibles.
Dentro olía a una mezcla de comida seca para mascotas, meado de gato y desodorante de pinos. En una de las paredes colgaba el letrero de: “Si te gustan los animales, anótate para trabajar como voluntario”. En la otra: “Pedimos donaciones de dinero, comida para mascotas, mantas y pequeños juguetes”.
—¿Qué perro tiene en mente adoptar? —preguntó una mujer con cara de buena gente.
—Un pastor alemán, de pocos meses. De esa raza de pastores que no crece demasiado aunque no sea un legítimo pastor alemán ovejero.
—¿Vive en casa o departamento?
—En una casa grande, con buen patio. Por eso no hay problema.
—¿Tiene niños? Y otra cosa. Tiene usted que asegurarnos que no quiere el perro para cruzarlo y vender las crías. Nuestros animales no están para lucrar.
—Le juro que no lo quiero para eso. Mis hijos me visitan dos meses cada verano y son buenos niños, han crecido siempre junto a algún perro. De hecho quiero un pastor alemán en memoria de uno que tuvimos y murió a los 10 años de edad.
La mujer amablemente y después de guardar en un archivo la solicitud firmada por él, lo condujo a una bodega de techos altos, donde se encontraban alineadas filas y filas de jaulas. Mientras caminaban le preguntó a voces que sin quién le había recomendado la sociedad.
—Mónica Millán. —dijo Eduardo.
—Ah. Bien. Haberlo dicho antes. Ella es una de nuestras voluntarias. Viene una vez a la semana.
No se podía escuchar bien por la abundancia de ladridos, maullidos y gritos obscenos de un loro que se desplumaba a sí mismo.
—Lo dejo solo para que elija con calma. Con la recomendación de Mónica, no será necesario esperar. Hoy mismo, si quiere, se lo entregamos. —La mujer se despidió.
Ahí sí que había de donde escoger. El primero un perro golden retriever de pelo color tinto quien tomó una pelota y a través de la jaula se acercó a él para que la tomara. Una chica, voluntaria seguramente, le comunicó sonriendo que quería lo sacaran a jugar. Más allá estaba un dálmata. Precioso. Y un basset de ojos tristes, un bóxer, un afgano. La mayoría eran callejeros, claro; algunos lastimados, otros flacos y enfermos pero todos un montón de colas moviendo bienvenidas. Cada cola en su propia jaula. Eduardo vio un poco separados del conjunto, un cocker que compartía jaula con un gato. Llamó a la chica; tenía preguntas:
—Qué pasa aquí. Por qué están juntos en la misma jaula.
—Son hembras las dos. Su casa se quemó y los dueños vinieron a dejarlas. No las pueden tener. La gatita no quería comer y a mi compañera se le ocurrió juntarlas. Ahora están esperando que vengan por ellas, ya las han elegido.
—¿Qué precio tiene ese de allá? Es macho ¿no?
—Sí, es machito. Todos nuestros perros son vendidos en $450. Además de regalo un vale al veterinario y otro a la peluquería de mascotas. Para los de pelo largo, claro.
—¿Cualquier perro $450?
—Cualquiera. O bien gato, hámster, loro o tortuga, por $300.
Ahora resultaba que la flaca presumida de Mónica, tenía razón. Sintió que todos merecían ser adoptados, inclusive los callejeros. Había un siberiano de ojos azules idéntico al que en una tienda costaba $2,500, que aquí costaba solo $450. Por otra parte, según le dijeron, la mayoría ya estaban entrenados.
No sabía por cuál decidirse, de la misma manera que si hubiesen sido autos nuevos y alguien le preguntara cuál elegiría como su regalo. Sus ojos se fueron a un beagle que lo miraba fijo, como preguntándole qué esperaba. Pidió informes a alguien que pasaba con un cepillo y un balde de agua. El hombre le dijo que en la oficina tenían toda la información.
La información que le dieron fue la mejor. El beagle tenía entre 1 y 3 años de edad. Sano y muy inteligente. Lo habían encontrado echado en la puerta hacía apenas una semana, lo que les pareció raro, pues usualmente si tienen oportunidad, se van siguiendo al carro o caminan en pos de la persona que los trajo. No tenía correa al cuello con identificación. Por otra parte tampoco dejaron una nota con información del nombre ni las vacunas que le habían dado. Nada.
—¿Quiere verlo? Antes de decidir es bueno que lo vea bien. Llevaremos la correa para que lo saque usted a caminar, a ver cómo se sienten ambos. Aquí en confianza, es uno de los pocos de raza pura.
Eduardo pagó y no quiso esperar media hora a que le firmaran el pase al veterinario. Compró ahí mismo una correa, dos tazones y una bolsa de croquetas. En los papeles de adopción mencionaban que el beagle gustaba ir al campo, retozar al aire libre y viajar en auto. Con él no habría peligro para los niños, aunque no soportaba malos tratos y se defendía. En otras palabras, no sobresalía por dócil; bueno en la cacería de liebres y conejos. Aunque difícil de entrenar, debido precisamente a s

u fuerte personalidad. Necesitaba regularmente una buena limpieza de orejas.

Al llegar a casa el perrito entró en todos y cada uno de los cuartos, como en una inspección rigurosa. De pelo corto, su cuerpo de pequeño barril era blanco, marrón oscuro con manchas en tono más claro. Sus patas algo cortas, su cola en movimiento constante y esa lengua tibia que recorrió las manos de Eduardo como si las besara.
Eduardo durmió una siesta de perro de la misma manera que el beagle. Es decir con ojos y oídos alertas al ruido. El can por naturaleza y Eduardo por la emoción de nuevo propietario.
En casa de Ricardo le preguntaron ¿Qué tal, encontrase al pastor alemán? Entonces se dio cuenta que había olvidado la posibilidad de esa elección.
De regreso a casa, ya tarde en la noche, fue recibido por primera vez por saltos, meneos de cola y olfateadas, como si el beagle fuese un amigo de largos años atrás y no de pasadas cuatro horas.

 

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