Literatura·Noticias

Viajes en el autobús

Trabajamos, comemos, dormimos y nos pasamos horas viajando. Quien, como yo, viaja en transporte público, dispondrá durante toda su vida de cientos de horas muertas. ¿La mejor manera de aprovecharlas? ¡Leer!
 
Puede que alguna vez os hayáis encontrado en la parada de bus o del metro y os habéis dado cuenta de que no lleváis el billete o quizás no os habéis acordado de coger dinero. O las dos cosas a la vez, también es posible. Pero lo peor, aquello que me hace sentir desesperada, es dejarme la novela/libro electrónico en casa. No os puedo describir el sentimiento que se apodera de mí. Abro el bolso y lo reviso de nuevo con la quimera de que aparecerá por arte de magia. Después busco cualquier cosa para leer, hasta soy capaz de conformarme con un prospecto de un medicamento. ¡Parezco una drogadicta!
 
Así que siempre, siempre, siempre; antes de salir de casa compruebo que llevo algo que leer o que mi libro electrónico está debidamente cargado no sea que me deje tirada a medio trayecto.
 
 
 
Una vez en el bus me siento preferentemente al fondo, al lado de la ventana. Después me dispongo a leer en mi libro electrónico sabiendo que dispongo de media hora tranquilamente. Mientras el autobús va realizando sus paradas, la gente baja y sube. Algunos también se disponen a leer y otros alargan el cuello intentando ver que leen sus compañeros de viajes, incluso algunos de interrogan:
 
– ¿Qué tal funciona? ¿Se lee bien en eso?
– Muy bien  
– ¿Y es muy caro? ¿Cuánto cuesta?
– Antes era más caro, ahora han bajado. Depende que las características…
 
Pero de todos mis compañeros de viajes hay uno que me ha impactado agradablemente. Como decía, el pasaje del autobús va cambiando parada tras parada y en una de ellas subió un chico de unos doce o trece años. Uno más camino del instituto. Se sentó delante de mí. Yo leía atentamente, quería acabar el capítulo antes de llegar a mi destino.
De refilón vi como abría su mochila, deduje que iba a sacar apuntes para repasar o deberes sin hacer, pero de repente me vi obligada a centrar toda mi atención en él porqué lo que había sacado de la mochila no eran unas hojas sueltas, ni una carpeta, ni un tebeo ni tan siquiera algunas de aquellas lecturas obligatorias en el colegio, como el “Quijote”. No, el muchacho metió la mano y sacó un LIBRO, así con letras grandes. Jamás he visto a nadie llevar un libro de semejante tamaño. Desde ese instante ese chico se convirtió en mi héroe y más en estos días que corren en que los niños únicamengte saben jugar con los móviles, a la play…
 
No, a él le gustaba leer, de eso estoy segura porque nadie carga con semejante libro si no es un verdadero aficionado a la lectura. Yo me quedé anonada, pero no llegué a descubrir que libro era, no era cuestión de levantarme a mirar, ¿verdad? Solamente puede deducir que era un libro viejo, de librería de segunda mano. Finalmente, bajó del autobús y no he vuelto a coincidir con él.
Días después una amiga, Lady Dark, me comentó que había visto un chico con un libro muy grande.  Se confirmó que no había sido un espejismo. Ahora estoy a la espera de volver a verle…
 



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