Novelas viejas

El Principito

Siento comunicar que anteayer leí por primera vez “El Principito” del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry. No sé cómo he tardado tanto tiempo en leerlo, es de lo mejorcito que ha caído en mis manos: imaginativo, sencillo, alegre y triste. Saint-Exupéry construye una bonita historia con un personaje que llega al corazón por lo entrañable que es.
 
El mayor problema es considerarlo un libro infantil y por ello no apreciarlo en lo que vale. Es una magnífica metáfora sobre el sentido de vida, la amistad… una crítica a la visión adulta de la vida, al egoísmo, la avaricia, el racismo, el dejar de apreciar las cosas pequeñas que nos rodean, cada página nos enseña una valiosa lección de manera divertida y amena.
 
Cada personaje, hasta el que parezca más secundario tiene su importancia en el cuento, cada personaje tiene una visión particular de la vida y el conjunto de todos crea una visión global, porque no existe una sola verdad absoluta. 

 

 
Es una historia llena de ingeniosas frases, como muestra os dejo la siguiente:
“A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle.”
O este fragmento:

-¡Por favor… píntame un cordero!

Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una pluma fuente. Recordé que yo había estudiado especialmente geografía, historia, cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya un poco malhumorado), que no sabía dibujar.

– No importa – me respondió-, píntame un cordero!

Como nunca había dibujado un cordero, rehíce para él uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé estupefacto cuando oí decir al hombrecito:

– ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un cordero. Píntame un cordero.

Dibujé un cordero. Lo miró atentamente y dijo:

-¡No! Este está ya muy enfermo. Haz otro.

Volví a dibujar.

Mi amigo sonrió dulcemente, con indulgencia.

-¿Ves? Esto no es un cordero, es un carnero. Tiene Cuernos…

Rehice nuevamente mi dibujo: fue rechazado igual que los anteriores.

-Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.

Falto ya de paciencia y deseoso de comenzar a desmontar el motor, garrapateé rápidamente este dibujo, se lo enseñé, y le agregué:

-Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro. Con gran sorpresa mía el rostro de mi joven juez se iluminó:

-¡Así es como yo lo quería! ¿Crees que sea necesario mucha hierba para este cordero?
-¿Por qué?
-Porque en mi tierra es todo tan pequeño…

Se inclinó hacia el dibujo y exclamó:

-¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido…

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