El reto de la semana: ¡Desgraciada!

El reto de esta semana estaba basado en el cuadro «¡Desgraciada!«, de José Soriano Fort.
Y ahora os dejo con este emotivo relato de Adelina GN.

SIENTO QUE MUERES
Adelina GN

Siento que mueres, aquellas eran las palabras que iniciaban una carta oral que las dos madres mantuvieron en los momentos previos a que Luisa, abandonase este mundo de pecado.
La habían azotado con sus habladurías, vejado con sus insultos, herido con aquella falta de empatía al cometer el único acto que le trajo felicidad a su vida, la unión carnal con el hombre que amó y no menos carnal que lo fue el nacimiento de su hija.
La que sufrió durante aquellos años, ocho fueron, el posparto infeccioso que ulcero su interior, hasta el punto que la dejó dañada y en peligro de muerte.
Su amado, un adinerado del pueblo, siguió favoreciendo a la niña, María Fernanda, por él, pero la abandonó a su suerte dejando que sus abuelos la criasen, pero con su dinero…
No podemos escuchar a la madre de Luisa, pero la señora Eduarda, le susurra a su hija al oído, apoyada en la cama. Mientras un emocionado don Luis, con mano en el mentón, se preocupa por la muerte de su única hija.
—Madre, cuide de la niña —balbuceaba Luisa, cuando apenas se escuchaba su voz.
—Lo haré hija —contesta con voz quebradiza la mujer cuya conciencia quiere ahora limpiar con palabras…
—No tengas miedo, Luisa, olvida todo lo que ocurrió, nosotros estamos aquí, entonces, éramos unos padres sin experiencia ninguna. Tus padres ¿lo entiendes, hija?
La cara de la madre que moría, palideció de momento, su respiración se agitó, quería hacer latente que su historia fue por amor, no pretendía ser una comprendida. Quiso ser siempre una madre joven y cumplir con su obligación de serlo, pero no pudo. Él sintiéndose agobiado por todo la dejó, haciendo que de igual modo ella se sintiese abandonada por sus propios padres.
La postura de la niña, no es otra que la de una niña, no entiende su responsabilidad en esta historia y se tapa la carita inocente que su propia abuela llegó a expresar en público, que había copiado de su maravilloso padre.  Haciendo de menos siempre a la enfermiza madre, la que hubiese querido en su lecho de muerte haber hecho suya aquella semblanza, a pesar de ser mentira.
Ahora sabemos qué Eduarda, ha limpiado sus posibles errores adoptando la postura de abuela abnegada mientras su hija se muere. Su padre Luis, desea, y no lo ha dejado de desear, que suceda un milagro y su hija se recupere. Pero aquello no sucederá su remordimiento por no ponerse de parte de Luisa y seguir las órdenes de la que ahora, limpia aquella tortura pública que sufrió Luisa.
Todos estaban en ese momento en soledad con ellos mismos, purgando sus pecados con palabras, cuando deberían de haberlo hecho con actos, en aquellos días en los que Luisa, los necesitaba mucho más que ahora.
Estaban al final de la vida de cada cual, cada uno pagaba por la suya, pero la única que de verdad se moría era Luisa, la que seguía apagándose por instantes, momentos tristes y agónicos que le dejaba una corta vida de enfermedad y tristeza…
Y sin alargar más la información de la carta verbal que he querido reproducir en estas cuatro palabras, paso a poner fin a la historia titulada por la frase que le dijo su madre a Luisa, cuando se le acercó… Siento que mueres, hija.

Edito este artículo por una magnífica razón. Paco Rubio, con la colaboración de Carmen Estarlich, lo ha declamado en SIEMPRE RADIO FM 107.2 JAÉN.

Aquí os lo dejo para que disfrutéis en audio de tan buen relato.

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