El reto de la semana: Abuela y nietos

Esta semana contamos con la participación de Paquita Caparrós, Begoña Buil y Adelina GN. Se han inspirado en la obra “Abuela y nietos”, de Fernando Álvarez de Sotomayor y Zaragoza). Y ahora, disfrutad con estos tres relatos:

LAS HISTORIAS DE LA ABUELA
Paquita Caparrós

Como me recuerda esta imagen a los años de mi infancia. Aquellos años que te marcan, y dejan un poso de sensaciones de las que no te podrás deshacer en toda tu larga vida, por muy dilatada que esta sea.
Los inviernos solíamos hacer largas tertulias animadas por las historias que nos contaba nuestra abuela Maria. A esto se le añadía el calorcito tan agradable propiciado por su magnífico brasero de picón, guarecido de bajo de las faldas de paño que cubrían la mesa redonda “mesa camilla” como se le solía llamar a semejante mueble. De la abuela destacaban sus enormes ojos de un azul tan claro que, muchos dudaban si sus orígenes eran de ascendencia celta, pues nuestra familia siempre se ubicó en tierras del sur de la península.
Al calor del brasero también teníamos que añadir que nuestra abuela era una relatora de historias de primera categoría. También que una de mis tías hacía primores con la masa de los buñuelos, tanto dulces como salados. Los boniatos, castañas y demás frutos que nos proporcionaba el otoño, se cocinaban lentamente en las ascuas del picón debajo de la mesa camilla. Nunca supimos si los relatos de la abuela María, eran realidad, o fruto de su magnífica creatividad. La verdad es, que no me lo he llegado a preguntar nunca, entre otras razones porque a mí, esas historias me parecían tan fantásticas y llenas de tanto realismo que, descubrir si eran pura fábula o realidad me hubieran podido causar tal vez algún trauma infantil. La abuela siempre nos hacía referencia a su hermana gemela a quien solo llegamos a conocer por sus comentarios, — que tampoco eran muy abundantes. Supimos por ella misma que las llamaban las guapas, porque eran dos bellezas de piel anacarada, cabellos color del trigo y aquellos ojos azules tan claros como los de un amanecer. No era de extrañar que les hubieran apodado las guapas, pues por aquellas latitudes aún quedaban reminiscencia nazaríes procedente del reino de Granada. Por lo menos así se explica en el escudo de su pueblo natal.
<<La muy noble y leal  ciudad de Mojacar, llave y amparo del reino de Granada>>
Sobre este hecho de los ojos azules que muchos de sus habitantes heredaban al nacer hay diferentes versiones, pero fue una la que llamó más mi atención. A los individuos que nacían con los ojos de este color se les llamaba “Nazarenos” La razón que argumentaban era que, muchas de las mujeres musulmanas  que se quedaron a convivir en el -Al-Ándalus- pasaron a formar parte del servicio doméstico de los clérigos venidos de tierras del norte, para cristianizar estas otras tierras paganas conquistadas al infiel. Al ser abordadas y sometidas al disfrute de semejantes libertinos con estola y casulla, las consecuencias eran inevitables, a los nueve meses nacía una criatura de piel blanca y mirada de cielo, la genética en todas las ocasiones sigue sus normas, y el pueblo lo aprovechaba para distinguir a estos individuos de los autóctonos. No sé si esto sería el motivo de la mira azul de mi abuela. Seguro que algo pasaría  con alguno de sus antepasados que nunca llegaremos a averiguar, entre otras razones casualmente ninguno de sus nietos hemos heredado ni su belleza, ni el color de sus ojos. Cosa de la que me alegro, pues ahora que más o menos sé lo que pudo haberle pasado a esas pobres mujeres sometidas por las sotanas, se me revuelven los jugos y pienso en lo difícil que resulta ser el perdedor en todas las contiendas sociales.
De la abuela María podría estar contando miles de anécdotas, son tantos los recuerdos que guardo de su afable carácter que, en cuanto veo una imagen de abuela y nietos, no tengo por menos de hacer una regresión en el tiempo y acercar  hasta estos días todas las historias y leyendas con las que mi abuela nos hacía participar, con ella como protagonista.  Su famosa historia con el caballo y el delincuente: 
este energúmeno  la obligó a saltar al galope por encima, era un desalmado con pretensiones más que libidinosas. <<Lo curioso es… con el tiempo supimos que en casa de la abuela, nuca hubo caballería alguna>> Tampoco rifles ni cualquier arma de fuego, susceptible de ser utilizada en defensa de los miembros de la familia. Pero, ver a la abuela sacar pecho y presumir de como había ahuyentado al hipotético ladrón que pretendía colarse por el tejado de la cuadra, seguro con la intención de hacerse con el magnífico ejemplar de raza hispana árabe.
<<El caballo que nunca existió>>
De su capacidad para inventar historias creo que he heredado bastante. Fabular  con las realidades  es algo que también me caracteriza, pues no han sido pocos los momentos en los que me han asaltado las imágenes de seres fantásticos a los que me habría de enfrentar en sucesivas contiendas. También los romances amorosos, pues igual que refería la abuela, tampoco habrían de faltarme. Lo único que nos hacía diferenciarnos era la situación geográfica donde se ubican a hora nuestros mundos. Pero sin dejar de compartir con su memoria, ese amor por el mediterráneo, que nos ha visto nacer a toda la extensa familia que consiguieron formar esta pareja de andaluces tan desiguales entre sí.
Este dato sobre el color de ojos azules, en los pobladores del- Al-Ándalus- lo he leído en un libro sobre el último reducto del reino de Granada. No puedo darle la categoría de hecho real, porque el autor tampoco así lo manifestaba. Pero, de lo que si puedo dar fe es, que mi abuela así los tenía, y que era la mejor relatora de historias que he conocido, dotando a las mismas de tal realismo que, aun hoy pienso si no escondían algo de verdad en todas ellas. 
En homenaje a María la guapa. Joven mojaquera, de origen nazarí, con la peculiaridad heredada de los denominados “Nazarenos”  

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EL CUENTO DE DRIZELLA
Begoña Buil

Tía Elisabeth nos visitaba cada verano. Era excitante ir a buscarla a la estación con mis hermanos y mis primas. El tren llegaba entre humo, con un pitido largo y tranquilo. Mostraba su hocico, como un cachorro de hierro y madera, los ojos encendidos y sacudiendo su larga cola. Nuestra tía bajaba del tren con su maleta color avellana y una cesta de mimbre, chistera mágica de inagotables magdalenas que ella misma había preparado la noche anterior.
Tía Elisabeth era soltera, o solterona, como escuchaba que la nombraban a veces con un deje de entre pena y desprecio, a pesar de que ella sabía hacer muchas más cosas que la mayoría de la gente. Le gustaba leer, cocinar dulces, dibujar paisajes, cuando no trabajaba en la pequeña imprenta de cuentos que el abuelo dejó y nadie más quiso llevar adelante. Pero lo mejor de todo era los cuentos que nos explicaba, cuentos nuevos que jamás habíamos escuchado antes, y en los que nos atrapaba como abejitas en un panal de miel. A veces, nos seguía explicando historias mientras las niñas le peinábamos multitud de pequeñas coletas blancas, mal atadas con lacitos de colores. Una tarde, mientras nos enseñaba sus dibujos, le pregunté qué significaba solterona. Mi tía entornó los ojos con cierto disgusto y me pidió que me acercara más a ella.
—Hay algo que no se ha explicado nunca del cuento de Cenicienta —empezó a decir, recuperando su voz risueña— Sucedió que Drizella, la hermanastra mayor, regresó a la casa porque había olvidado su abanico de plumas de pavo real. Llegó en el momento justo para descubrir cómo el hada madrina, casi tan diminuta como una mariposa, despedía a una resplandeciente Cenicienta, que había emprendido el viaje a palacio en su carroza de oro. Muy disgustada, Drizella encerró a la vieja hada en una ratonera y, bajo amenaza de no liberarla nunca más, la obligó a hacer un hechizo para que el príncipe se enamorase de ella y así disfrutar para siempre de una vida espléndida. El hada, llorosa y refunfuñando, la tocó al fin con su varita mágica, pues estaba ya muy viejita para batallar. La joven se fue para palacio, cantando de alegría. Y hubo mucha gente que dijo que había visto cómo, al aparecer Drizella en el baile, el príncipe sufrió tal impresión que soltó el zapatito de cristal de Cenicienta, que se rompió contra el suelo. Los más observadores advirtieron también que saltó una esquirla que fue a clavársele muy cerca del corazón. Y aunque la boda se celebró muy pronto, la joven no conseguía ser dichosa; cualquier galantería del príncipe se le antojaba ridícula. Si le regalaba unos guantes blancos, ella los hubiese preferido rojos; si el obsequio era una gargantilla de oro, ella la hubiese elegido de plata. Él le proponía montar a caballo, pues aquel día Drizella se moría por escuchar recitar a los trovadores. Cuando le veía sonreír, se daba cuenta de que le gustaban los hombres graves, pero si él adoptaba una expresión seria, entonces, necesitaba, de repente, sentirlo risueño… ¿Y sabéis por qué era tan infeliz?
Los niños la mirábamos negando con la cabeza, sedientos del desenlace.
—Porque Drizella olvidó algo importante: pedirle al hada que el hechizo incluyera enamorarse también ella del príncipe. Aunque un deseo así no se lo hubiera podido conceder. El amor de verdad es alta magia y no se conoce, de momento, a ningún hada capaz de obrar semejante prodigio. En cuanto al príncipe… Siempre tuvo un pequeño dolor aquí, cerca del corazón.
Y apiñados alrededor de tía Elisabeth, veíamos cómo la tarde le iba cediendo el paso a la noche, con sosiego, detrás de la ventana.

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EL LEGADO DE MIS SENTIMIENTOS
Adelina GN

Sus ojos comenzaban a sentirse cansados, se iban cerrando con el movimiento de los párpados… Allí sentada en la misma mecedora que inmortalizó si hijo, la abuela se deleitaba en la pintura con sus nietos.
No habían pasado muchos años, pero, los suficientes para que la vida hubiese llenado de experiencias aquellos recuerdos que entonces le habían levantado la añoranza del momento.
Los nietos son pedacitos que se propagan en tu vida, unos seres diminutos que sin conocer los quieres, les deseas experiencias placenteras que sumen a su vida situaciones que les nutran de motivos que les enseñen y situaciones que hagan que sus propios deseos se multipliquen para bien.
La abuela siempre lo había deseado así, siempre al ver a su madre y a la madre de su madre, cumplir con aquel rol y hacer boato de la alegría que se siente al sentir tanto sentimiento. Valiéndose de aquella redundancia de palabras, comunicaba a su cerebro con su corazón la gran madre, igual que las  nombran los ingleses.  
Aquella tarde todos fueron retratados por el pintor, padre de los nietos de la abuela e hijo de la misma. La cual miraba al padre de la familia que con ella se encontraba posando. Sintiéndose orgullosa de todo el tinglado formado para dicho acto, puesto que antes de aquel instante de tranquilidad, todo había sido un tremendo caos.
Muchas de sus manos reposan sobre ella, sobre la abuela, señora de avanzada edad que sostiene un libro entre sus manos, encuadernado del que muchos de los niños no apartan la mirada.
No sabemos de qué trata el ejemplar, pero de lo que no hay la menor duda es que la sabiduría de la abuela impregna la estancia, consiguiendo que la estampa sea plácida y tranquila, transmitiendo esa ciencia exacta de educación y sentimientos que verificaron la acción en aquel instante.
En la cara de los pequeños y los más mayorcitos, se muestra la realidad de los sueños, sus inquietudes. Vemos al chico detrás de la abuela que sobre su hombro lee, pudiera ser aquella frase de Miguel de Unamuno, que dice: “El que tiene fe en sí mismo no necesita que los demás crean en él”
Aquella filosofía que su padre el pintor ya había aprendido, era ahora trasmitida por sus sentimientos en una exposición de letras, dando aprendizaje a sus nietos. Palabras que cerraban entonces un círculo de arte, pues por entonces tanto el pintor como el escritor presentaban su arte al mundo.
Mientras su padre los recreaba en el lienzo, junto a la figura de la abuela, ellos sus hijos aprendían, lo hacían con expectación, respirando la energía que los años daban a doña María de la Asunción, su abuela, legando en sus nietos los profundos sentimientos que se heredan de las personas de las que aprendemos.
Espero que todos dediquemos a nuestros abuelos todo el cariño y la dedicación que ellos de un modo u otro, nos han legado.
Heredando de ellos siempre la experiencia y la sabiduría, que pondremos en práctica con nuestro propio paso por la vida.
Valga este relato para manifestar por ellos nuestro recuerdo y venerar sus consejos y recomendaciones.
Cada uno de nosotros hemos tenido o tendremos nietos, y de no ser así, no debemos de penar, si alguien hace caso a nuestros consejos los daremos por bien empleado. La mejor herencia es una educación repleta de sugerencias de cosas que sabemos a ciencia cierta y que hemos vivido.
Para qué otros aprendan de ellas en positivo.

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