Yo, escritora

Lectura para el lunes: Las llaves

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A las seis y media de la mañana de un desapacible lunes la alarma de un despertador digital suena repetidamente mientras que en la calle todavía reina la oscuridad. Carlota extiende su brazo para detener ese infernal ruido, no siente el menor deseo de levantarse para acudir al trabajo. Tras apagarlo reflexiona sobre lo bien que se está en la cama, quizás pueda quedarse bajo el nórdico al menos cinco minutos más… o también puede llamar a la oficina y decir que está enferma de gripe o que le duele la espalda o cualquier otra excusa creíble. En verdad, aunque ahora se sentía bien su salud durante el fin de semana había sido pésimo. Siempre podía mentalizarse con un “¡Qué mal me siento! Me parece que tengo fiebre” y entonces llamar para avisar de que no iba al tajo.

Tres minutos después Carlota se levanta abatida. El sentido del deber ha vencido. Desde ese instante dispone de cuarenta minutos si quiere llegar puntual al puesto de trabajo.

Se dirige a la cocina, abre la nevera y coge la fiambrera preparada la noche anterior; ese día comerá macarrones, como casi todos los lunes. Después se prepara el desayuno: dos tostadas con mermelada de melocotón acompañado por un zumo de naranja recién exprimido y un vaso de leche de soja. Con una tostada sobre cada vaso se dirige al comedor, enciende la televisión con el volumen al mínimo para no molestar a los vecinos y se dispone a alimentar su cuerpo mientras entretiene su mente con las primeras noticias del día, fuente de chismorreos en la oficina a lo largo de la jornada.

Las siete menos diez. Tras desayunar recoge la cocina, se da una ducha rápida y se arregla; ese día con un nuevo tono de sombra de ojos. Tras vestirse y dejar la habitación medianamente ordenada se dirige a la puerta principal. Pasan diez minutos de las siete, la experiencia de años le ha enseñado que es la hora zulú si quiere llegar a tiempo para coger el autobús de las siete y diecisiete. Carlota estira el brazo y acciona el picaporte de la puerta; pero es imposible abrirla, la puerta está cerrada con llave.

Carlota abre el bolso tejano que lleva colgado al hombro para meter la mano en busca del monedero donde acostumbra llevar las llaves, pronto lo localiza gracias al tacto; pero al mismo tiempo se da cuenta de que está vacío. Las llaves no están en su interior. Si camina un poco más rápido de lo habitual todavía puede coger el autobús. Dispone de dos minutos para abrir esa puerta que le estorba en su salida.

Reflexiona con las manos apoyadas una palma contra la otra y ambas extremidades apoyadas en sus labios. Mantiene los ojos cerrados. Se concentra intentando recordar donde ha dejado las llaves, cuando las había visto por última vez. Mentalmente retrocede a la noche del sábado en la que había regresado a su piso pasada la medianoche tras una espléndida cena y alguna que otra copa de vino en compañía de un buen amigo. Se le ocurre la posibilidad de haberse olvidado las llaves colgadas por la parte exterior de la puerta, pero pronto la rechaza por varias razones: la misma puerta es la mejor razón: está cerrada con llave. La segunda: no se recordaba tan borracha la noche del sábado y la tercera: era capaz de verse a sí misma con las llaves en la mano en el interior del piso. Esas tres razonamientos de peso le obligan a pensar en una nueva solución. ¿Era posible que hubiese dejado las llaves en el mueble del recibidor? Con la vista lo recorre, pero ve lo habitual: un jarrón de flores secas, un par de pongos y un teléfono inalámbrico. Abre los dos cajones sabiendo que no va a encontrarlas en su interior pero también que cuando se busca algo se acaba mirando en los lugares más absurdos y así el registro en su interior es superficial, ya ha cumplido.

Recuerda que tras entrar en el piso sus ojos miraron un instante hacia la puerta del despacho, casi cerrada en su totalidad pero también que no había llegado a entrar y por lo tanto es inútil buscarlas allí. Sí que había entrado en la cocina y hacía allí fue. ¿Podría haberse dejado las llaves en algún cajón por descuido? ¿Las podría haber guardado en la nevera? Pero lo cierto era que había pasado todo el fin de semana en casa gracias a un malestar con fiebre incluida que la había tenido recluida entre el cuarto de baño y su habitación casi en exclusiva gracias seguramente a los excesos de la cena del sábado y a un estómago poco amigo de ciertos alimentos. No, en la cocina no podían estar. Era absurdo que algunas de las ocasiones en que había entrado a beber un vaso de agua para no deshidratarse o para preparase un consomé suave no las hubiese visto.

Se encamina al comedor, otro posible escenario. Con presteza lo recorre mentalmente, existía la posibilidad que las hubiese dejado descuidadamente en cualquier rincón, no era la primera vez. Carlota registra la estancia como la mejor en la materia: abre los cajones, revisa en el interior de los jarrones, mira tras libros, debajo de la mesa y las sillas y hasta mueve el sofá dejando suficiente espacio como para que pase el robot barredor; pero las llaves siguen desaparecidas.

El reloj sigue corriendo. Las siete y veinte. Ya no es posible llegar a tiempo al trabajo. Deberá llamar para avisar, pero todavía no. Realmente siente vergüenza, ¿cómo se van a creer que es verdad? Sin recordar que tan solo cincuenta minutos antes había estado pensando en cómo faltar al trabajo.

¡El robot! El domingo lo había puesto a barrer. ¿Y si se las había tragado? Lo normal era que hubiese pitado para avisar, pero… Carlota corre en su búsqueda, lo desarma con frenesí convencida de que es la solución y el robot solamente le enseña un interior limpio de cualquier rastro de polvo. Antes de la comida del domingo había limpiado el robot a conciencia tal y como hacia cada vez que lo utilizaba, manera adecuada de mantenerlo en buen estado por más tiempo.

Solamente le quedan dos habitaciones por revisar. La primera es la de invitados. Su puerta está cerrada y está segura de no haber entrado en todo el fin de semana ya que casi nunca entraba en interior, solamente cuando decidía que ya era hora pasar un trapo y una escoba fruto de una llamada avisando de que iba a tener invitados a dormir. No, no merecía la pena entrar y perder el valioso tiempo en su registro.

La última habitación era la suya. Allí tenían que estar las dichosas llaves. Con toda seguridad las había dejado en algún cajón de la mesilla o del tocador, esa era la solución más plausible. Con ligereza aunque a fondo revisa cada uno de los cajones y sabiendo que existe la posibilidad de que estén al fondo, los saca y los deja encima de la cama para poder revisarlos con mayor profundidad pero el resultado sigue siendo negativo. Después mira detrás de la cama, debajo de ella. Cero. Tal parece que alguien se está burlando de ella.

De nuevo piensa en la posibilidad de haberse dejado las llaves puestas en la cerradura. Gruñe. Ese descuido le va a dar muchos quebraderos de cabeza, le obligará a quedarse en su piso hasta que le cambien la cerradura. Pero todo su ser se rebela ante esa posible solución a su drama. Las llaves han de estar en el interior del piso, no es posible otra solución y todavía le queda un lugar por revisar: el bolso que sigue llevando encima, cruzado a modo de bandolera.

Carlota desliza el bolso desde el hombro hasta la cama, lo abre y rápidamente lo vacía dándole la vuelta sobre la cama hasta que queda vacío de todos aquellos objetos que una mujer lleva encima y que debe ser siempre un secreto y un misterio para el hombre. Nada ve en su interior y aún así introduce su mano izquierda hasta el fondo con el convencimiento algo ilógico de que el tacto ve más que la vista. Pero nada. Las llaves siguen sin aparecer.

Carlota ya está desesperada. El reloj marca cerca de las siete y media. No es posible que haya perdido las llaves dentro de su hogar, igualmente es imposible que todavía no haya podido dar con ellas. Respira profundamente intentado tranquilizarse para poder pensar. En algún lugar tienen que estar.

Su mente retrocede de nuevo a la noche del sábado intentado recrear mentalmente los pasos dados esa noche para poder recordar donde había visto por última vez las llaves. Se había despedido de Juan en la puerta del portal, había subido en el ascensor con las llaves en la mano y había entrado en el piso cerrando tras de sí con llave. Después, ¿qué había pasado? Era tan difícil recordar aquellos pasos que había hecho automáticamente… La puerta del despacho estaba casi cerrada. Ese pensamiento la sacude. ¿Qué tiene de especial? La puerta del despacho casi cerrada cuando había llegado a casa el sábado a la noche pero ¿la había dejado así la mañana del sábado, antes de acudir al trabajo? No, estaba segura de que la había dejado abierta del todo. ¿Quién había movido la puerta en su ausencia si ella no había sido?

Carlota mira de nuevo hacía la puerta del despacho, en la misma posición que la noche del sábado. En ese fin de semana en que se había pasado cuarenta y ocho horas casi en exclusiva entre la cama y el sofá sin olvidarse de sus visitas al cuarto de baño no había sentido deseos de pasar un rato de ocio tecleando en el ordenador, no se había sentido con fuerzas para abandonar la cama más tiempo del imprescindible. No había entrado en el despacho desde la noche del jueves. Ella no había entonado la puerta. Estaba segura. Un escalofrío recorre su espalda, esa puerta no se había movido sin ayuda. Miles de pensamientos recorren su mente, miles de finales truculentos con ella de protagonista avivan su imaginación ya de por si despierta. Únicamente tiene dos soluciones: entrar en el despacho y descubrir al intruso o llamar a la policía, pero Carlota se conoce lo suficiente para saber que en el fondo solamente tiene una salida: no es que sea una valiente pero jamás pasará la vergüenza de llamar a la policía si lo puede solucionar en persona. Con pasos lentos avanza a lo largo del pasillo. No debe hacer ruido para no alarmar al ladrón o asesino o… no, mejor no pensar en ello no sea que el miedo la haga retroceder. Paso a paso se acerca cada vez más al despacho, alarga la mano para empujarla y entonces mete irreflexivamente las manos en los bolsillos en los que guarda los guantes, el gorro, un paquete de pañuelos de papel… Carlota extrae su mano izquierda ocupadas ahora con las benditas llaves.

Carlota ríe recordando en ese instante como se había metido la mano en el bolsillo tras cerrar la puerta. Tras insultarse a sí misma por pensar que un intruso podía haberse escondido en su piso sin que ella se diese cuenta se dirige a la puerta de la calle que abre con presteza. En ese instante la puerta del despacho oscila sobre sus goznes desplazándose contra la pared. De nuevo se ríe de sus temores recordando que cuando la ventana del descansillo está abierta se produce una corriente de aire que influye sobre la puerta del despacho.

Por fin abre la puerta para encaminarse a la oficina mientras se sigue riendo de si misma al mismo tiempo que se promete no contar a sus compañeros de trabajo semejante aventura.

*Primera versión de “Las llaves” presentada al I Concurso Relato corto Suspense y Misterio de Zonaereader

 

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