El reto de la semana: Una madre despiojando el cabello de su hijo

En este primer reto han participado Paquita Caparrós, Mayte Solé y Adelina GN. Muchas gracias a las tres. Y ahora os dejo con las tres obras, disfrutad:

ODA AL PIOJO
Paquita Caparrós

Se me abren las heridas cuando pienso
que las épocas antiguas, son aciagas
y de regreso al presente aún compruebo,
que se afana en mantener viva sus plagas.

Más tampoco he de ser víctima de ello,
si comulgo con remilgos y mesuras.
que sobrado de lujuria el susodicho,
va escalando la sotana de los curas.

Se me caen los argumentos y me enojo,
al llegar tan sutil la primavera.
Y presiento tan ufano a ese piojo,
ya trepando por mi pelambrera.

No es de rico, ni de pobre ser piojoso,
si la plaga en un descuido te enganchara
y se cuenta en romance que un buen día,
se encontró al escalar el Himalaya.

Que al pensar un Sherpa hacer orgía,
encontrándose al piojo ya instalado
al compadre saludó con osadía,
pues mundo de piojos va sobrado.

Descubre más obras de Paquita Caparrós

MOMENTOS
Mayte Solé

Sabía que a ella, pronto la perdería. Al igual que le pasó con José, su hijo mayor, quien una vez que empezó a trabajar en la fábrica de aceite del pueblo donde vivían, podía decirse que ya, prácticamente no le veía. De eso hacia casi dos años. No quería que le ocurriera lo mismo con María y aunque se resistía, a la vez sabía de sobras que un día u otro, María también se alejaría.

La relación con su hijo mayor desde hacía algún tiempo, era algo más fría. Se limitaba a escuchar de él unas pocas palabras que eran las que ahora, salían de su boca a lo largo del día:

Mamá, ¿qué hay de comer? Y comían, sin mucha conversación porque él decía que estaba muy cansado. Por las noches, ella lo esperaba con la sopa caliente, tan solo por verlo. Intercambiaban entonces un “hola” y un “buenas noches”, “un beso” y un “hasta mañana”. Era muy poco y lo sabía, pero era todo lo que podía hacer para ayudar a José a superar la aún reciente muerte de su padre. Desde que ocurrieron esos hechos el carácter de su hijo, que entonces tenía diecisiete años, había cambiado mucho. Se había vuelto más callado, introspectivo y serio. Para Lucía esos cinco o diez minutos al día que compartían alrededor de la mesa, eran muy importantes y pensaba que para su hijo, a nivel afectivo también. En los pocos ratos que José tenía libres, se encerraba en su cuarto entres lienzos y pinceles, tal como había visto hacer siempre a su padre. Su madre pensaba que, quizá aprovechaba esos momentos de soledad, para llorar su pérdida y sentirse un poco más cerca de Manuel, y así, poder superar su ausencia.  

Lucía, la madre de José, había enviudado hacia ahora tres veranos y su vida desde entonces no resultaba nada fácil. Mujer viuda y con dos hijos a su cargo y sin familia en el pueblo a quien pedir ayuda o consejo. Ella nunca había trabajado fuera del hogar. Se mudó a un pueblo cerca de Albacete cuando se casó, y dejó a su familia en Valencia capital. Su vida, desde entonces había girado en torno a su marido y a sus dos hijos. José el mayor, que ahora tenía veinte años y María, la pequeña, de doce. Aunque los principios fueron duros, hacía mucho tiempo que Lucía se había acostumbrado a vivir en Alcalá de Júcar, uno de los pueblos más pintorescos de Albacete y cuyo patrimonio, hoy en día, está declarado como “Conjunto Histórico Artístico” por Real Decreto de 1982. Tal como su nombre indica, Alcalá de Júcar se emplaza a orillas del río Júcar, en el último tramo y antes de entrar en tierras valencianas, donde desemboca. Lucía recordaba ahora los buenos ratos pasados en ese río junto a su familia cuando estaban todos y sus hijos eran más pequeños.

Miraba su casa tan bonita. La veía ahí arriba, trepando por la ladera aprovechando el meandro y recordaba que, Manuel en otros tiempos y muy ilusionado, la había construido para ellos. La infancia de José y Maria había transcurrido allí mismo, en esas calles estrechas que suben hacia el castillo y llegan a las cuevas donde su marido, jugaba alegremente con sus hijos no hacía de eso mucho tiempo.

Ahora, la situación era totalmente distinta. Lucía, al igual que sus hijos, tenía una gran sensación de orfandad. Su situación había cambiado de manera tan drástica y rápida de un día para otro que costaba, costaba mucho superar la pérdida del marido y a su vez, acostumbrarse a la lejanía de su hijo mayor que había pasado de repente, de ser un niño a convertirse en un adulto. Un adulto que queriéndolo o no, tenía que cargar con la responsabilidad de mantener a la familia con el esfuerzo de su trabajo. Así que Lucía se sentía doblemente huérfana. Por un lado, esa extraña sensación de haber perdido de repente a un marido, y por el otro y aunque de modo diferente,  esa introspección de su niño José.

Era martes, martes y trece. Lucía hasta entonces, nunca había sido supersticiosa. Estaba tan tranquila en casa preparando la comida cuando Elías, que trabajaba en el horno con Manuel, llamó a la casa golpeando  insistentemente la puerta y le dijo casi gritando que, a su marido le había dado un corte de digestión ó algo parecido y que se lo habían llevado corriendo y en ambulancia para Albacete.

Lucía dejó el encargo a la vecina de darles ese día la comida a sus hijos y, en seguida se subió al coche de Elías quien le acompaño al hospital. En más o menos una hora ya estaban allí. Cuando entró en la habitación de la “UCI”, se encontró a un Manuel dormido ó sedado y en seguida los médicos le comunicaron la triste realidad. Su marido había sufrido un derrame cerebral irreversible y había quedado en estado de coma, estado del que ya no despertaría porque nada podía hacerse, más que esperar el fatal desenlace.

Y así fue como de un día para otro a Lucia y a su familia les cambió la vida. Menos mal que aún le quedaba Maria, pensaba agradecida la madre.

María era la alegría de la huerta, pura vida.  Llegaba del colegio y le contaba a Julia, su madre, todo lo que había hecho, todo lo que había visto, todo lo que a ella ese día, le habían contado. Maria era ahora su fuente de alegría, y su principal motivo para no abandonarse a su suerte y dejarse caer. No se lo podía permitir. María era todavía muy pequeña y aunque ya había pasado el periodo de la niñez, aún no había entrado en la adolescencia, así es que cuando llegaba del colegio como otras muchas veces con un papel en la mano, Lucia se sentía contenta a pesar de todo, intuyendo lo que la nota decía.

Efectivamente, en el papel decía que se había detectado un nuevo caso de piojos en clase y que por favor lavaran las cabezas de sus hijos con vinagre y les quitaran las liendres en caso de tenerlas. Así es que Julia y María esa tarde pasaban mucho rato juntas. Se sentaban bajo la atenta mirada de Luna, esa especie de “cocker” mezclada con el perro callejero del vecino y que era parte de la familia. Mientras María no paraba de hablar y de contar historias, Julia iba despiojando su cabeza y rebuscando y matando con ayuda de una lendrera esos huevos marrones o amarillentos que aún no se habían convertido en piojos nacidos. Esas sesiones que ahora se reproducían a menudo debido a las altas temperaturas, hacían que Lucía disfrutara y  retrocediera en el tiempo. Tener a su niña de nuevo postrada en su regazo, poder imaginar que Maria era de nuevo su bebé. En esos momentos sentía que su niña todavía le pertenecía, y a pesar de saber que su hija crecía, y muy deprisa, también se daba cuenta de lo mucho que aún la necesitaba y que todavía, no la había perdido.

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SIEMPRE ASÍ
Adelina GN

Sobre sus piernas la acomodaba, mientras sus cortos brazos abarcaban sus caderas en un abrazo peculiar.
Siempre debería de ser así, pensaba; no solamente que la llevase pegada a ella siempre. La quería proteger de cada miseria de la vida. Igual que estaba haciendo ahora.

—Ven inmundicia —Decía mientras entre sus uñas aplastaba la liendre.

Siempre así, volvía a pensar la madre que despiojaba la cabeza de su inofensiva hija.

La madre ese ser protector por excelencia que a pesar de tratarse de simples piojos no gozaba que se apoderasen del bienestar de su hija, intranquilizando a la niña con los molestos picores.

Ojalá pudiese apartar toda aquella molestia que intentase anidar en su vida, pero no sería fácil, algún día alguien la convencería de que marchase de allí y entonces fuese ella quien rascarse sus miserias.

Mientras todo aquello pensaba, la madre seguía soportando el peso de su hija sobre sus piernas, no era molestia al contrario, lo hacía gustosa y sin pensar que era una obligación.

Separaba su cabello haciendo calles en el cuero cabelludo, limpiando cada pelo perteneciente a su melena, la que tendría que cortar si de una vez por todas no radicaba la plaga de piojos que se le habían pegado.

De nuevo en su cabeza daban vueltas los años, pensando que su hija crecería y con ella su cabello. Qué pudiera ser que después de tanto trabajo en sanear su pelo largo, alguien anulase su voluntad estratégicamente y se lo cortase.

Pero todo era previsible, el qué su hija creciese, que encontrase un hombre que la moldease a su gusto, que la hiciese recapacitar de que mejor sería el pelo corto.

Concluía diciendo —Jamás dejaré que nadie te infecte.

—¿Te cansas mamá? —Preguntó la niña, mientras movía la cabeza ladeando su cuello y sacaba la cara de entre las piernas de su madre. Piernas que un día se abrieron para facilitar hasta a aquel preciso instante, su existencia.

No se podía cansar, era su hija y haría todo lo que fuese por hacer fácil cada día de su vida. Igual que hizo siempre, y lo sabía, sabía que su esfuerzo sería nulo frente a las plagas, fuesen de cualquier clase de insecto.

Probablemente el vinagre la estaba embriagado, porque aquella mujer se sintió molesta, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, moqueaba y hasta su garganta se secó.

Trataba saliva haciendo un gran esfuerzo, pero la estrechez era tal que llegó a sentir su asfixia. Pero ella siguió, quería despojar de bichos a su hija, no quería verla así, mientras pudiese lo haría le costase lo que le costase.

Toda aquella puesta en escena, en aquel plató de colores amarronados como cualquier atardecer, era observada por el can, escuálido perro que moraba en la casa.

—¡Chispa el trapo!

—¡Aquel, trae aquel! —Las indicaciones fueron exactas para que el perro entendiese a la madre, que quería secar por un momento sus manos.

Tomó el peine para aquel menester y comenzó a dar lentas pasadas, una sucedía a otra sin pausa, pero con una precisión descomunal.

Asaltando con aquella tranquilidad a su mente, la angustia que tan solo hacía unos minutos tuvo. Era lastimoso pensar que un día toda aquella protección no continuaría.

Lloraba imaginando que cuando su hija creciese y volase del nido, ya no sería útil para ella y se valdría sola. Lamentablemente eso es lo que ocurre, pero debemos tener paciencia y fe de que todo lo que enseñamos, sea para bien.

Se arremangó impregnando de vinagre sus brazos, el olor era insoportable, pero igual que todo, lo que duele sana, le decía a la niña que intentaba levantarse ya de aquella incómoda pose después de llevar así un buen rato.

—¡No te muevas! —Todavía no he terminado —Le ordenaba su madre un poco alterada, mientras seguía diciendo.

—Yo también estoy cansada, hija.

—¿No decías, que no lo estabas, madre?

Era cierto, había dicho que no se podía cansar, que la progenitora era ella y debía priorizar cualquier asunto que incumbiese a su hija.

Pero la verdad era que estaba cansada, lo daba todo por su hija, cualquier cosa, movía cielo y tierra para facilitar el camino en la infancia de la niña.

Luego ya sería diferente, se decía, pero no, sabía que no, que se sigue amparando a los hijos tengan la edad que tengan.

Comparando la faena que estaba emprendiendo en aquel instante con la vida se daba cuenta que la similitud era comparable. Diciendo a la niña que la mirase, la tomó del mentón y con ternura le levantó la carita.

—¿Ves lo que estoy haciendo por ti?

—Sí —contestó la niña

—Pues ojalá pudiera resguardarte siempre y que siempre fuese así.

—¡Siempre voy a tener piojos, madre!

Sonrió y refugió con sus manos la cara de su hija, mientras limpiaba con sus pulgares la pena de la niña al pensarse siempre infectada del molesto parásito.

—Tranquila hija mía, pero repito siempre así debería de ser.

La niña volvió a retomar la posición que tenía cuando se dejó caer en las rodillas de su madre. Toda la estampa era la misma, madre e hija adornaban la estancia humilde que bien parecía un cuadro de pintura clásica.

La niña abrigada entre aquellas piernas protectoras, dejó que su madre terminase de despiojarla. Las continúas caricias la adormilaban, mientras ella despertaba entonces a la realidad.

Jamás se puede resguardar en demasía a los hijos, apoyar en modo extremo no es tampoco lo adecuado. Por todos aquellos pensamientos de culpabilidad su madre, peinaba entonces con cuidado el cabello de la niña.

Haciéndose una reflexión sobre todo lo que había pensado, llegó a una conclusión…

Proteger a su hija con mesura, que su camino no fuese aplanado de forma que cuando se llenase de piedras, que se llenaría, ella fuese capaz y tuviese fuerza suficiente y las pudiese apartar.

Peinó a su hija, mientras pensaba, acariciando su pelo con suavidad, mientras seguía siendo contemplada por el perro. Sintió el respirar profundo de la niña que confiada en el regazo de su madre se dormía tranquila y serena de estar libre de plagas. Y parásitos que pudiesen perturbar su vida.

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