El origen de las expresiones populares
A buen capellán, mejor sacristán
Un antiguo refrán protagonizado por un capellán poco generoso, un caminante ingenioso y un sacristán todavía más astuto.
¿Qué significa?
El refrán «A buen capellán, mejor sacristán» se utiliza cuando una persona responde con tanta o más astucia que aquella que intentaba aprovecharse de ella.
También puede emplearse para criticar la falta de cumplimiento de una persona en su oficio, especialmente cuando otra que debería ayudarla actúa todavía peor.
En una frase
«El vendedor intentó engañarlo con el precio, pero el cliente encontró la manera de obtener un descuento mayor. A buen capellán, mejor sacristán».
¿De dónde procede?
El origen del refrán se relaciona con un cuento recogido por el escritor y editor valenciano Juan de Timoneda en Sobremesa y alivio de caminantes, una colección de cuentos, anécdotas y ocurrencias publicada durante la segunda mitad del siglo XVI.
La historia comienza en una aldea. Un capellán está comiendo un palomino asado cuando un caminante le pide compartir la comida y se ofrece a pagar su parte. El capellán se niega, por lo que el viajero tiene que conformarse con comer su propio pan seco mientras contempla y huele el asado.
Cuando el capellán termina de comer, el caminante le dice:
—Habéis de saber, reverendo, que vos al sabor y yo al olor, entrambos hemos comido del palomino, aunque no queráis.
El capellán aprovecha aquellas palabras para exigirle que pague su parte de la comida. Como ninguno de los dos está dispuesto a ceder, deciden que el sacristán, que se encuentra presente, actúe como juez.
El sacristán pregunta cuánto había costado el palomino. El capellán responde que medio real. Entonces ordena al caminante que saque una moneda y la hace sonar sobre la mesa.
—Reverendo, teneos por pagado del sonido, así como él del olor ha comido.
Al escuchar la sentencia, el huésped que presenciaba la disputa exclamó:
«A buen capellán, mejor sacristán».
El sacristán había respondido a la codicia del capellán con una solución todavía más ingeniosa: si el olor de la comida debía pagarse, bastaba con hacerlo mediante el sonido del dinero.
Su uso en la actualidad
Hoy no es uno de los refranes más empleados, pero conserva su sentido irónico. Puede aplicarse cuando alguien intenta engañar, abusar o imponerse y recibe una respuesta todavía más hábil.
También puede utilizarse para comparar a dos personas que actúan de manera poco responsable: si una cumple mal su cometido, la otra lo hace todavía peor.
Fuentes consultadas
La explicación del significado y del origen de este refrán está recogida en El porqué de los dichos, de José María Iribarren.
El relato procede de Sobremesa y alivio de caminantes, de Juan de Timoneda, obra publicada durante la segunda mitad del siglo XVI.
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