Entrevistas literarias · Naturaleza y escritura
¿Qué ocurre cuando nos atrevemos a caminar sin destino y a mirar nuestra propia vida con otros ojos? Natalia Gómez del Pozuelo nos habla de La mirada del corzo, un diario novelado que nace de un viaje real y propone revisar los automatismos aprendidos del amor.
Conversamos con la autora sobre sus comienzos escribiendo cartas, la importancia de la lectura, su proceso creativo y el papel de la naturaleza. También exploramos la soledad elegida, los encuentros durante el camino y cómo las experiencias pueden cambiar nuestra forma de mirar.

En esta entrevista
Conociendo a Natalia Hablando de La mirada del corzo
Primera parte
Conociendo a Natalia Gómez del Pozuelo
Para quienes todavía no te conocen, ¿quién es Natalia Gómez del Pozuelo cuando no está escribiendo?
Mi vida gira en torno a la escritura, la naturaleza y los afectos. Leo, camino por el monte, cuido el huerto, acompaño a mi madre de 90 años y disfruto de las conversaciones y los encuentros con las personas que quiero. Este año, además, me he apuntado a clases de bachata. Tenía ganas de movimiento.
¿Recuerdas cuándo empezaste a escribir y qué te llevó a convertir la escritura en una parte importante de tu vida?
Empecé escribiendo cartas. Mi familia se trasladó a Bélgica cuando yo tenía 14 años, y encontré en la correspondencia una forma de seguir formando parte de mi grupo de amigos. Escribía y recibía muchísimas cartas; algún mes llegaron a cincuenta.
Creo que aquellas cartas fueron el germen de mi escritura. Escribir me permitía mantener los vínculos, comprender mejor a los demás y ordenar mis propias experiencias. Tal vez por eso, tantos años después, mi principal forma de comunicación con los lectores sigue siendo epistolar a través de mi Newsletter. Y tal vez por eso también me considero mejor narradora que inventora.
¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Eres de las que planifican lo que van a escribir o prefieres dejar que la historia vaya encontrando su propio camino?
Es un proceso muy orgánico. Suelo tener varias semillas de posibles libros en mi interior, a las que se van añadiendo nuevas ideas. Cuando termino un texto, espero a que alguna arraigue y tome fuerza. Es un periodo difícil porque parece que no haces nada, pero la experiencia me ha enseñado a confiar en que siempre acaba sucediendo.
Escribo el primer borrador a mano, en un cuaderno grande de páginas blancas, dejando que las palabras fluyan sin demasiada intervención del cerebro.
Después viene lo que llamo «peinar el texto». El primer borrador es como una melena enredada: está todo ahí, pero hay que ir desenredando los mechones, pasando el peine una y otra vez, hasta que el texto adquiere soltura y puede vibrar con el viento.
¿Qué importancia tiene la lectura en tu vida? ¿Hay algún autor que haya influido especialmente en tu manera de escribir?
La lectura ha sido fundamental en mi vida desde niña. Los libros eran mi refugio y una forma de comprender el mundo y a las personas. Tuvieron una gran influencia en mi mirada y en mi voz.
Durante los años que viví fuera de España tuve la suerte de encontrarme con profesores que amaban profundamente la literatura. En un colegio de habla inglesa descubrí a Homero, Shakespeare, Twain, las Brontë… Después, en un colegio belga francófono, llegaron Flaubert, Balzac, Camus, Sartre, Proust… Más adelante viví en Colombia y me sumergí en la literatura latinoamericana.
En gran medida he ido adaptando mis lecturas a mis circunstancias.
Ahora me atrae especialmente leer a mujeres: Duras, Federici, Beauvoir, Wolf… Después de décadas identificándome (por fuerza) con personajes masculinos, me interesa muchísimo descubrir cómo contamos el mundo nosotras.
¿Cuáles son tus tres libros favoritos?
Durante años consideré El extranjero, de Camus, mi libro favorito. Me parecía fascinante descubrir cómo la opresión del entorno, personificada en el calor, podían llevar a alguien a matar.
Pero hay muchos otros libros que me han dejado huella. La montaña mágica, de Thomas Mann, me cambió la percepción del tiempo, y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, me descubrió la dimensión holográfica de la creación literaria, en la que el todo está contenido en cada parte.
En los últimos tiempos destacaría El clamor de los bosques, de Richard Powers, y Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer.
¿Lees siempre todos los libros hasta el final o si no te gusta prefieres abandonarlo?
Antes era incapaz de dejar un libro a medias; había una extraña fuerza que me obligaba a seguir leyendo. Ahora, en cambio, salvo que tenga algún interés muy concreto relacionado con la escritura, si un libro no me está llenando, prefiero dejar sitio a otro. Es tanto lo que hay interesante para leer… y, según vas cumpliendo años, queda menos tiempo para hacerlo.
¿Qué lugar ocupa la naturaleza en tu vida cotidiana? ¿Necesitas alejarte del ruido y caminar para encontrar inspiración?
Vivo en la sierra de Madrid, así que la naturaleza forma parte de mi vida cotidiana. Salgo a caminar por el monte casi todos los días, cuido mi huerto y me gusta observar cómo cambia el entorno con las estaciones.
Caminar me ayuda a desprenderme del ruido mental y a prestar atención a lo que me rodea. Y, curiosamente, cuando dejo de buscar ideas, muchas veces aparecen solas.
La naturaleza me ha enseñado algo que intento aplicar a la escritura: respetar los ritmos, observar sin juzgar y aceptar que no todo tiene que suceder como y cuando una quiere.
¿Qué es lo que más disfrutas del oficio de escribir y qué parte te resulta más difícil?
Lo bueno de tener a la escritura como compañera es que siempre está ahí, sabe esperarme y encontrar el mejor momento para susurrarme algo o acogerme cuando lo necesito. Nunca me siento sola con ella y todavía consigue sorprenderme muchas veces.
Lo más difícil es ese periodo de espera hasta que arraiga un nuevo texto. Me siento un poco huérfana y, aunque he aprendido a confiar en el proceso, a veces me impaciento.
También ha sido difícil encontrar una editorial para mis novelas. Enviar manuscritos, esperar respuestas que muchas veces no llegan… Es una parte del oficio bastante ingrata.
¿Te sientes más cómoda con el ensayo o con la novela?
Me cuesta mucho elegir porque tiendo precisamente a bailar entre géneros. Varios de mis libros son difícilmente clasificables y eso me gusta.
A veces necesito la libertad de la novela, otras la reflexión del ensayo y otras partir de la experiencia vivida para llevarla a otro lugar. No me interesa demasiado decidir de antemano en qué casilla tiene que entrar un texto.
Mirando hacia el futuro, ¿qué proyectos tienes entre manos? ¿Hay algún género o tema que todavía no hayas abordado y te gustaría explorar?
Tengo varias ideas rondándome, pero hay una que empieza a tomar forma. Me interesa explorar nuestra relación con el cuerpo, la identidad y las convenciones sociales que condicionan nuestra manera de vernos y de relacionarnos con los demás.
Todavía es pronto para contar mucho más. Ni siquiera sé qué forma acabará tomando el texto, y prefiero dejar que encuentre su propio camino.
Segunda parte. Hablando de La mirada del corzo
Segunda parte
Hablando de La mirada del corzo
La mirada del corzo lleva como subtítulo Diario novelado de una caminante en lucha contra los automatismos aprendidos del amor. ¿Cómo nació esta historia y qué te llevó a plantearla de esta manera?
La historia nació de un viaje real. Salí andando desde mi casa con una mochila, sin destino ni fecha de regreso. Quería explorar qué era lo mínimo que necesitaba para vivir.
Durante semanas caminé sola por la España menos poblada y fui narrando la experiencia a las personas suscritas a mi newsletter, lo que despertó mucho interés. Dormí en el monte, tuve encuentros peliagudos con animales y experimenté una libertad que no había conocido nunca. También me encontré con muchas personas, entre ellas un atractivo ciclista con el que más adelante hice otro viaje. Y ahí surgió la gran contradicción: cuando caminé en soledad, nunca me sentí sola, pero acompañada empecé a perder mi propia mirada.
Aquella experiencia me permitió explorar algo que iba mucho más allá del viaje: los automatismos que hemos aprendido sobre el amor y lo difícil que resulta desprenderse de ellos.
Elegí la forma de diario novelado porque parte de algo vivido, pero he tratado de tomar la distancia suficiente para convertirlo en literatura.
El título me parece especialmente sugerente. ¿Por qué elegiste la mirada de un corzo para representar esta historia? ¿Qué significado tiene para ti?
Poco antes del viaje me encontré con un corzo que me miró con ojos curiosos y abiertos. No parecía importarle quién era yo, ni mi aspecto ni mi edad, lo que me hizo reflexionar sobre nuestra forma de mirar el mundo.
Pensé que tal vez yo podía hacer lo mismo: desprenderme de prejuicios y expectativas para mirar a los demás y a mí misma con ojos nuevos.
Esa posibilidad de limpiar la propia mirada se convirtió en el hilo conductor de la novela, porque a veces creemos que contemplamos lo que nos rodea libremente, cuando en realidad lo hacemos a través de todos nuestros condicionantes sociales y culturales.
Uno de los aspectos que más me ha gustado de la novela es la importancia de la naturaleza. Para mí, no es simplemente un escenario, sino un personaje más. ¿Buscabas darle ese protagonismo desde el principio?
No fue algo que me propusiera conscientemente. Cuando andas sola por el monte y el infinito es tu techo por todos lados, cada gesto se vuelve también infinito: sentarte en una roca, comer una manzana, ver cómo una hormiga se acerca tanteando la realidad con el vaivén de su cabeza…
Creo que esa presencia constante de la naturaleza se trasladó de forma natural a la novela. No es un decorado para contar una historia, sino parte de la propia historia, en la que todos los seres vivos —vegetales, animales y humanos— tienen su importancia.
Caminar tiene un papel fundamental en la historia. ¿Qué encuentra la protagonista durante sus recorridos que no podría descubrir de otra manera?
Cuando caminas varios días seguidos, sin objetivos, reuniones ni pantallas, los miedos y las preocupaciones van perdiendo fuerza y acabas situándote en un presente pleno que lo llena todo. Eso es lo que experimenta la protagonista durante su viaje.
Además, al recorrer la España menos poblada, encuentra dificultades para conseguir agua, comida y alojamiento, lo que la lleva a necesitar la ayuda de otras personas. Así descubre que, cuando te muestras vulnerable y te atreves a pedir ayuda, suelen aparecer una generosidad y una hospitalidad que la vida cotidiana no siempre nos permite conocer.
La protagonista intenta liberarse de las expectativas tradicionales sobre el amor, pero en ocasiones descubrimos que no le resulta tan sencillo. ¿Era importante para ti mostrar esas contradicciones entre lo que pensamos, lo que deseamos y lo que finalmente hacemos?
Sí, de hecho, esa contradicción es uno de los ejes de la novela. Podemos haber reflexionado mucho sobre el amor, cuestionado los modelos tradicionales y construido una vida autónoma, pero eso no significa que nos hayamos desprendido de los patrones automáticos.
Me interesaba explorar esa distancia entre lo que pensamos y cómo actuamos cuando entran en juego los afectos. La protagonista descubre que, a pesar de su autonomía, su mirada se trastoca con el amor y sigue cediendo espacio a los deseos del otro, relegando los suyos a pesar de no querer hacerlo.
Reconocer las propias contradicciones es el primer paso para poder liberarnos de ellas. No basta con comprender algo intelectualmente; hay aprendizajes que llevamos tan dentro que cuesta muchísimo deshacerlos.
A lo largo de la novela aparecen personas que influyen de distintas maneras en la protagonista. ¿Qué importancia tienen esos encuentros en su proceso de transformación?
Antes de emprender el viaje, me esperaba el asombro que me producirían las montañas inmensas, el sonido hueco y reconfortante de la soledad, pero no había tenido en cuenta el factor humano: me sorprendieron muchísimo todos encuentros que se produjeron precisamente por ir sola.
Cuando vas acompañada, gran parte de tu atención y de tus decisiones están condicionadas por la otra persona y no observas el entorno de la misma manera. Al caminar sola, cada encuentro fue una oportunidad de asomarme a una vida distinta de la mía.
Esa experiencia también está presente en la transformación de la protagonista. Pero no todos los encuentros la transforman de la misma manera: algunos le ayudan a ampliar la mirada y otros le muestran hasta qué punto puede llegar a perderla.
Me ha llamado la atención cómo alternas experiencias cotidianas, recuerdos y reflexiones sobre cuestiones bastante profundas. ¿Cómo trabajaste el equilibrio entre la parte narrativa y la más introspectiva?
He intentado que las reflexiones surgieran de las propias vivencias de la protagonista y de las dudas que estas le provocan, en lugar de partir de certezas o tratar de aleccionar a nadie.
Me interesaba que los pequeños acontecimientos cotidianos, los encuentros y los recuerdos fueran abriendo preguntas, sin necesidad de encontrar respuestas para todas ellas.
Creo que la literatura tiene más capacidad para hacernos cuestionar nuestra forma de mirar el mundo que para decirnos cómo debemos hacerlo.
Considero que La mirada del corzo es una novela para leer con calma e incluso para releer, porque hay reflexiones que pueden adquirir otro significado en una segunda lectura. ¿Qué te gustaría que descubrieran los lectores al regresar a sus páginas?
Una de las cosas que más me ha gustado de los comentarios de los lectores es que cada persona parece encontrar algo distinto en la novela. Algunas se reconocen en las contradicciones de la protagonista, otras destacan la relación con la naturaleza o la sensación de libertad, y otras me cuentan que determinados pasajes les han hecho cuestionarse aspectos de su propia vida.
Me gusta pensar que, al releerla, puedan descubrir algo que antes les pasó inadvertido, no necesariamente porque el texto haya cambiado, sino porque su propia mirada es diferente.
Al fin y al cabo, esa es una de las ideas centrales del libro: no vemos las cosas únicamente como son, sino también desde quienes somos en cada momento.
Para terminar, ¿qué te gustaría que permaneciera en quienes hayan leído La mirada del corzo? ¿Hay alguna pregunta que esperes que se hagan después de cerrar el libro?
Me gustaría que permaneciera cierta curiosidad por su propia forma de mirar el mundo. Que se preguntaran hasta qué punto sus decisiones, sus deseos y sus relaciones responden a lo que realmente quieren o a lo que han aprendido que deben querer.
Si después de cerrar el libro alguien se descubre mirando algo cotidiano con ojos diferentes, me daría por satisfecha.
Si crees que me he olvidado de preguntar algo, es el momento de comentarlo.
Quizá añadiría algo sobre la edad. La protagonista tiene 55 años cuando decide salir de casa caminando, sin destino ni fecha de regreso. Me interesaba contar una historia en la que una mujer madura sigue explorando, cuestionándose lo aprendido, equivocándose y descubriendo nuevas formas de vivir.
A veces parece que las grandes aventuras, los cambios y los descubrimientos están reservados a la juventud. Y creo que siempre podemos seguir descubriendo nuevas formas de vivir.
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