Las Palabras Descarriadas

El reto de la semana: Chica con un kimono blanco

En este reto han participado Begoña Buil y Adelina GN. Muchas gracias a ambas. La inspiración ha sido la obra “Chica con un kimono blanco”, de George Hendrik Breitner. Ahora, gozad con su lectura:

EL KIMONO DE LUZ
Begoña Buil

La primera vez que la vi, andaba con pasitos de araña sobre el puente rojo de Matsumoto. Era casi una niña, de expresión dulcísima. Rompía con la blancura de su kimono la oscuridad de la fachada del castillo negro de Los Cuervos. Quizá debería decir con su kimono de luz indescriptible. En las mangas llevaba cisnes bordados, con los picos rojos y negros, como los que se erguían hacia ella, orgullosos, desde el agua.

Lo insólito fue que, en lo sucesivo, seguí reconociendo a la muchacha en distintos lugares a lo largo del tiempo y, aunque este transcurría, ella seguía siendo la misma niña de expresión dulcísima que, muchos años antes, había contemplado sobre el puente rojo de Matsumoto.

Volví a verla en el barrio de las gheisas de Kanazawa. Bajaba los escalones iluminada apenas por la luz anaranjada de los farolillos, envuelta en un kimono dorado. Giró un instante la cabeza, pero su mirada apenas me rozó.

Más tarde la encontré junto a la casa de té, en los jardines de En-Kenro-en, vestida con el mismo fulgor de plata que las enormes piedras que abundan junto los riachuelos, zigzagueantes como serpientes.  Y también me crucé con ella en el camino hacia el monte Fuji, humeante de niebla.  Y, otra vez, en el bosque de bambú de Arashiyama, con un ramo de glicinas rosadas en las manos. La hallé en un santuario, orando en la posición de loto, con el vestido níveo de las monjas. No he podido olvidar ninguna de aquellas visiones fugaces.

La última vez fue en el cementerio de Okunoin; paseaba entre tumbas de niños y cedros centenarios. Lloraba y, en la penumbra nocturna, las lágrimas brillaban como espejitos en su rostro. Ni siquiera las excepcionales muñecas de Shibuya, creadas para suplir los sentimientos más inexpresables, hubieran podido reproducir su mirada.

Después de aquella noche, nada más supe de ella, pero ya me había atrapado en su red de misterio.  De alguna forma, la buscaba en cada lugar. Me reproché mil veces no haberla abordado a tiempo para que me revelara quién o qué era ¿Era humana, era una aparecida, una yokai cubierta con pétalos de flor…?

Emprendí este viaje en el que me encuentro, con la intención de borrar mis fantasmas. Pero el azar me ha conducido a una galería de arte de la ciudad de Amsterdam. En ella se exponen los cuadros de un pintor del siglo diecinueve, George Hendrik Breitner. Y, ante mi asombro, descubro que la joven modelo a la que dibuja una y otra vez, envuelta en exquisitos kimonos, es la misma muchacha que vi en todos aquellos lugares. Siento latir mi propio pulso como el tic-tac de un reloj acelerado y me pregunto: ¿Cuántas veces tuvo que la pintarla Breitner? ¿Cuántas y por qué huía ella del lienzo? Ahora sé que fue costurera; hilaba el tiempo y los lugares, hilaba las telas a puntitos de araña.

Descubre más obras de Begoña Buil

MUSA
Adelina GN

Cuando mi pensamiento es un sueño que visualizo y en mis ojos se refleja. Adoro mi incómoda postura que mi cuerpo muestra para su creación.
Mutua veneración existe entre nosotros, musa y creador, almas unidas por el mismo querer, el arte.
Te espero paciente, cúbreme de tus colores que excitan mi piel, apoderándose de cualquier matiz de su natural color.
Sufro de la fastidiosa hechura que mi atuendo nipón adopta frente a ti, mi autor, el fundador de mi variada estampa.
Fusiona tu amor en mí, soy pincel de un solo artista, musa de un único progenitor.

“Nota de amor expresada en un lenguaje de palabras que sumisas se esparcían en aquel papel dócil.
La joven modelo aterrada por llegar a ser una más entre otras muchas, prefiere la entrega sin nada a cambio, ofreciendo su cuerpo para ser copiado.
Y con aquella infinita desesperación sigue escribiendo su nota suicida, que hará surgir en el pintor la admiración.
No se había dado cuenta, él, que en repetidas ocasiones la escogió para ser su musa, la muchacha se mostraba enamoradiza. Pero sin duda la adolescencia en ella estaba a flor de piel.
Breitner su autor la encasilló en los exóticos retratos de coloridos kimonos, haciendo que frente al espejo la modelo mostrase su lozanía escondida en los trapos que pudiera ser, como costurera, ella misma hubiese creado también.
Aquellos grabados japoneses la inmortalizaron, apartaba del pintor, cuando con anterioridad, había partido a otra ciudad, Geesje Kwak, moría, arrebatándole la vida a los 22 años, la entonces terrible tuberculosis”.

Me vestiste de colores pulcros con el kimono blanco, el que mi inocencia exhibía en tus orientales pinturas.
Y de rojo pasión en aquel otro en el que el retrato perpetuó mi imagen.

Descubre más obras de Adelina GN

¿Quieres participar en el siguiente reto? Participa en el grupo de Las Palabras Descarriadas en Facebook y descubre el nuevo reto.