El número 358

Cenobio desperezó su cuerpo redondeado mientras comprobaba el día en que se encontraba en el calendario que tenía colgado en la pared aunque no necesitaba que un almanaque le recordase aquello que ya sabía desde incluso antes de haber abierto los ojos. Sencillamente, ese era uno de los días especiales en su vida, era el día que centraba toda su existencia, el día en que parte de la humanidad celebraba la vigilia de la Navidad.

Cenobio dejó rodar su cuerpo redondeado hasta donde se encontraba reposando su amigo Metrobio. Ya llevaban días a la espera y era hora de ponerse a la faena si querían celebrar la Nochebuena por todo lo alto.

—Muévete, Metrobio. Ya ha llegado el gran día.

—Antes de todo te deseo felicidades, Cenobio.

—Lo mismo te deseo, amigo y que tengas una productiva Nochebuena.

—Igualmente te digo, amigo mío.

Mientras las personas se apuraban en las compras de última hora, corriendo como pollos sin cabeza ni sentido común aunque ciertamente ¿cómo puede tener sentido común un pollo descabezado? Cenobio y Metrobio también realizaban sus preparativos para la celebración de la Nochebuena mientras unos villancicos clásicos se oían de fondo.

—¡Qué pesados son con el Noche de Paz! —comentó Metrobio.

—Poca paz tendrán mañana —afirmó socarrón Cenobio—. A demás, yo prefiero ese villancico a que se les ocurra poner el del Tamborilero. Ya aburre.

—Lástima que nosotros no tengamos ni voz ni voto en la elección que si no…

—Sería divertido que por una vez nosotros fuésemos los encargados de la selección musical de este día.

—¿Y cómo sería tu lista?

—Primero, más variedad temática. No tengo nada en dejar sonar algún villancico clásico, pero en la variedad está el gusto como dijo no sé quién y es mejor elegir una lista temática al gusto de toda la familia.

—Sí, porque la familia que nos acogió el año pasado acabó con una trifulca debido a que en la cadena de música solamente se escuchaban villancicos cantados por gatos.

—Y perros.

—Cierto, ya no me acordaba de los chuchos.

—Yo, la verdad, nunca entendí porque se montó semejante escándalo. Me lo estaba pasando pipa y era algo diferente. ¿Recuerdas a la familia que solamente escuchaba heavy metal en Nochebuena? No me digas que eso era normal. Como si no hubiese noches en el año para escuchar a Iron Maiden o a Metallica.

—La lástima era que no se les ocurrió mezclar las dos temáticas: el villancico y el heavy metal.

—¡Tú estás loco! ¿No has dormido demasiado?

—Te lo digo porque una vez me enteré que algunos grupos de heavy metal han versionado villancicos.

—¡Lo que tengo que escuchar! ¡A dónde irá a parar el mundo!

—No me seas anticuado, amigo mío. Y además no creo que eso sea peor que escuchar a unos felinos destrozando los villancicos con su maullar. Tú mismo has dicho que crearías una lista variada y esa es una opción.

—Me parece que no nos pondremos de acuerdo en esta discusión. Cada uno tenemos un gusto musical distinto.

Y ese momento el villancico que sonaba de fondo acabó y fue sustituido por otro que despistó a Cenobio. Metrobio, en cambio, creyó reconocer la voz del cantante, una voz tan cautivadora como profunda; una voz que había escuchado con toda seguridad en otras ocasiones

—¿Quién canta? —preguntó Cenobio— Me parece que cantan el Jingle Bells pero o mi oído está atrofiado o esos que cantan dicen hell en lugar de bells.

—Ya sé quién es él, ¿sabes ese actor tan famoso de las películas de terror de la Hammer?

—¿Herbert Lom?

—¿Y no se te ocurre otro actor más relacionado con la Hammer que ese? Ya, ya recuerdo el nombre. ¡Qué vergüenza no haberle reconocido al instante!

—No me seas quejica que me corroe la incertidumbre. ¿Quién ha sido capaz de confundir bells por hell al cantar?

—No es un error. Ese es un ejemplo de villancico cantado por un cantante de heavy metal. Seguro que te ha gustado. No lo niegues, que te conozco.

—Bueno, para insertar alguna entre el resto no está mal aunque yo no centraría toda mi lista musical en ese género.

—Ni falta que hace. Escucha, ahora se oye a Raphael.

—Dejemos esta conversación inútil. Recuerda que tenemos trabajo Tenemos un fuego que avivar.

Unos ruidos llegaron del exterior. El olor a alimentos cocinándose impregnaba el ambiente y avisaban de que el gran ágape nocturno estaba cada vez más cercano.

—Espero que este año a nadie se le ocurra decir que no quiere cenar demasiado, me fastidia un montón esa actitud egoísta —comentó Cenobio.

—Tienes toda la razón del mundo, Cenobio. Eso es de mala persona. Quien opina así no ha pensado en el trabajo que ha tenido la cocinera para hacer la cena. Y todo el dinero que se ha gastado para agasajar a los comensales.

—¿Cocinera? Ahora resulta que eres un machista. También podrías decir el cocinero.

—Tú y tu manía con lo políticamente correcto. Está bien, a partir de ahora diré el o la chef y asunto resuelto.

—Pero…

—Otra protesta no, Cenobio. Te lo digo por favor o me va a dar dolor de cabeza.

Cecilia se removió inquieta en la cama mientras miraba la hora en su reloj de pulsera incontables veces, tantas como segundos no pasaban. Se sentía inquieta, con un incipiente malestar en boca del estómago fruto con total seguridad de una copiosa cena. Se lamentó por haber cenado tanto, pero siempre había tenido buena mano por la cocina y esa noche se había superado. Todos habían alabado los platos. Todos habían repetido. Todos habían disfrutado con la cena de Nochebuena.

El dolor aumentó y Cecilia se incorporó mientras escuchaba a su marido roncar como un bendito. Por un instante pensó en despertarle, ¿cómo podía él dormir de esa manera mientras ella no podía pegar ojo? Alargó la mano con la intención de empujarle a la vez que le llamaba por su nombre y al tocar su cuerpo y sentirle remover levemente descubrió que no deseaba tener a su marido revoloteando a su alrededor como un pollo sin cabeza.

Saltó de la cama y se dirigió a la cocina. Una infusión de manzanilla era la solución más adecuada para su malestar. Con un poco de suerte se cumpliría el viejo dicho que siempre había escuchado en boca de su madre:

—La manzanilla, o te asienta el estómago o te hace devolver.

No había bebido ni dos sorbos de una manzanilla todavía caliente cuando corrió al cuarto de baño. Cinco minutos después se sintió levemente mejorada así que decidió volver a la cama cuando sintió a su hijo que la llamaba llorando.

—Lo siento, mamá —dijo en cuanto la oyó entrar en su habitación—. Ha sido un accidente.

Aún antes de abrir la luz un olor característico la avisó de lo sucedido y al encender la luz vio a Roberto sentando en la cama, con el pijama y la ropa de la cama manchada de vómito.

—No te preocupes cariño. Yo tampoco me encuentro bien —dijo mientras sacaba un pijama limpio de la cómoda—. Vete al lavabo y lávate mientras yo te cambio la cama.

Y mientras Antonio seguía durmiendo a pierna suelta ajeno a todo. Cecilia se acostó en la cama al lado de su hijo. Era la mejor la manera de comprobar el estado de su hijo a lo largo de la noche.

Poco a poco el sueño los venció a los dos dejándoles dormir unas pocas horas. A seis y media de la mañana minuto arriba o abajo que no viene al caso, Cecilia volvió a despertarse al sentir náuseas nuevamente. Un rápido viaje al cuarto de baño la ayudó a eliminar parte de la cena que todavía guardaba en su dolorido estómago.

Ahora, por fin creía poder descansar un par de horas antes de tener que levantarse para preparar el desayuno de los niños. Comida. Su estómago protestó y las náuseas hicieron de nuevo su aparición. Cecilia se levantó rauda camino del cuarto de baño, era visto que esa noche ya día no iba a poder descansar.

—Tendrás que llamar a tu madre. En este estado no podemos ir a comer a su casa—dijo Cecilia—. Le dices que lo sentimos mucho y que ya iremos otro día

—Podemos esperar, quizás más tarde nos encontramos mejor —comentó Antonio quien comenzaba a su vez a sentir las náuseas previas al vómito.

—Cuanto más tardes en llamar, será peor. Mira que cara tienes, no sé cómo puedes pensar en comida. Además, me parece que Roberto tiene fiebre. Y yo me siento febril.

Metrobio y Cenobio escuchaban con total felicidad la conversación de los padres mientras el más joven de la familia seguía durmiendo.

—Buen trabajo, Metrobio.

—Bien hecho, Cenobio.

—¿Crees que esto se extenderá?

—Espera y verás. En unos días habrá mucha gente enferma.

Una rápida visita del médico de urgencias les confirmó lo que Cecilia ya había supuesto por los síntomas:

—Para que nos entendamos, es una gripe de estómago. La ciudad está en plena epidemia. No saben cuántas visitas llevo esta tarde. Les recomiendo hacer dieta unos días. Buenas tardes.


Y los virus llamados Cenobio y Metrobio fueron felices por haber fastidiado la Navidad a una agradable familia.

Relato presentado al 3º Concurso de Relato Corto de Zonaereader.

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